jueves, 4 de noviembre de 2010

El café de los sueños

Al hilo de lo anterior, decíamos ayer ...

El tiempo es un bien escaso que posee un curioso paralelismo con los presupuestos generales del estado, la autonomía, diputación, ayuntamiento, ... Nosotros, cual políticos regidores, nunca seremos legítimos propietarios del bien que nos corresponde administrar, deberemos siempre dar cuenta de nuestras actuaciones, estaremos sujetos al control de adversarios y partidarios, nuestras decisiones serán cuestionadas y finalmente, casi con toda probabilidad, a los ojos de la inmensa mayoría parecerá que hemos terminado despilfarrando y malversando aquello que nunca fue ni será realmente nuestro. Tempus fugit, se escurre entre los dedos sin poder apenas controlar la dirección en la que escapa y mientras se marcha va dejando a su paso un reguero de sueños cumplidos, incumplidos y aún por cumplir.

A escasos metros de casa, una cafetería -donde nunca habitó el buen gusto- sigue en pie a pesar de la intensa marejada y sirven sus verdes paredes para dar cobijo, de vez en cuando, a insólitas reuniones de perennes optimistas soñadores, tal vez un poco ilusos, que se niegan a resignarse a los oscuros designios del destino. Largas conversaciones, mientras sigue quemando un café sólo, nos llevan a recordar situaciones y amistades compartidas, ultimar detalles de mil proyectos presentes, caminar rumbo a Santiago, visitar Finlandia entre el lujo improvisado y la miseria planeada, tratar desde el almirantazgo de la marina española a los jugadores de extraños juegos de rol-estrategia pasando por unos deseados permisos de rodaje, el reparto actoral de un cortometraje o los primeros pasos de una serie de animación que poco a poco va cogiendo cuerpo.

"Cada uno sueña los sueños que se merece" (Gesualdo Bufalino). Descubrí esta frase encabezando un poema ("No hoy") cuyo autor es un joven italiano afincado en Granada que responde al nombre de Daniel y que, para más señas, se apellida Cundari. Y desde que el poeta medio calabrés medio nazarí me propiciara este descubrimiento, dándole vueltas al asunto de marras, cada vez creo estar más en desacuerdo con el señor Bufalino. Pienso que nuestros sueños son básicamente de dos tipos: los que suceden mientras dormimos y los que nos visitan durante el estado de vigilia. Ni unos ni otros están bajo nuestro control, los primeros -asociados al sistema parasimpático- tienen un carácter totalmente involuntario aunque tal vez respondan a necesidades o deseos ocultos, los segundos -asociados al sistema simpático- tendrían más que ver con una preparación directa a la acción, es decir, serán los sueños a perseguir, aquellos por cuya consecución luchamos y que sirven generalmente como imprescindible estímulo vital.

Los sueños que tengo dormido suelen exceder con creces tanto los méritos como los deméritos que puedan concurrir en mi persona. Los sueños que tengo despierto casi siempre se deben a las maravillas que encuentro en el camino o que me encuentran a mí y se quedan a mi lado quebrantando por completo las leyes más elementales de la lógica. Mientras tanto, sueño.

Custodian mis sueños y acompañan mi dormitar, en tierras tan lejanas del mar, dos buques de guerra litografiados y la maqueta a escala de un navío de línea derrotado en Trafalgar. Tal vez por eso -por las litografías no por el barco a escala-, mi inmediato predecesor, precursor, "room mate", ejemplo e ídolo desde la más tierna infancia, se dedica desde hace ya bastante tiempo a ejercer con maestría el noble arte de la ingeniería naval, ganándose, por cierto, contínuamente el reconocimiento (público y privado) y el afecto de compañeros, subordinados y superiores. Junto a los barcos, un completo parque de maquinaria cuyas nuevas piezas amanecían cada seis de enero en la habitación contigua, probablemente debido a un secreto acuerdo entre sus majestades los reyes y la habitual moradora de dicha habitación. Máquinas, barcos, otras pinturas, medallas y un balón de fútbol, firmado por las estrellas del Real Madrid de finales de los años ochenta, que llegó a mis manos guardado celosamente por una bolsa blanca impoluta serigrafiada en una cara por el escudo del centenario club y en la otra por el estadio donde nacen las ilusiones y las pesadillas. Balón que carece de la firma de Laudrup y no se despierta contando hasta diez ni sabe el color de los coches ni distingue las motos ni los aviones ni sabe mi nombre ni conoce mis costumbres ni intuye el momento propicio para empezar a llamarme desde el primer escalón de esta escalera ...

¿Cada uno sueña los sueños que se merece? No. Cada uno sueña los sueños que le regalan.
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