Descubrí que me gustaba demasiado el baloncesto una mañana de verano, no recuerdo qué día de la semana era (creo que lunes o martes) pero sí recuerdo que apenas serían las 10 y que todavía tenía bastante sueño, mucho más que mi hermano quien, por alguna extraña razón que yo no comprendía, aquella mañana tenía un especial interés en levantarse, despertarme y, nada más bajar al comedor, "poner la tele" incluso antes de empezar a desayunar.
Corría el año 1986, en nuestro país se celebraba el Mundobasket y las selecciones de Yugoslavia y Canadá se enfrentaban en la fase de grupos en un encuentro que terminarían ganando los balcánicos por un resultado final de 83-80 correspondiendo nada más y nada menos que 36 de aquellos 83 puntos a un tal Drazen Petrovic que se entretuvo en anotar 8 triples de 15 intentos.
Por aquellas fechas un servidor se pasaba las noches jugando sobre la mesa del patio de casa con una improvisada selección española integrada por dos Airgam Boys "soldados romanos" que, al ser más altos que los clicks de Playmobil, jugaban de pívots (Fernando Martín, Fernando Romay y/o Andrés Jiménez y/o Juan Domingo De la Cruz); el torso de un oso que carecía de piernas pero disponía de un orificio en su parte inferior que le permitía acoplarse a la perfección a la cabina de su grúa remolque, aunque también es cierto que si lo sumergías en el agua de la piscina, precisamente por dicho orificio se llenaba de agua y luego ayudaba considerablemente a "fastidiar" a quien/es te acompañasen en el baño ... bueno, a lo que iba, un oso que jugaba de alero (Sibilio o Arcega) y dos clicks "caballeros medievales" que jugaban de escolta (Epi, Villacampa o Margall) y de base (Solozábal, Creus o Costa).
No sé cuántos playmobils tendríamos entonces (muchos de ellos heradados de nuestro primo Ricardín/Richard/Ricardo) pero recuerdo que nunca los utilizábamos en el papel para el que fueron originalmente concebidos. Generalmente los ocupábamos en tareas relacionadas con el deporte: futbolistas, jugadores de baloncesto o balonmano, pilotos de fórmula 1, ... o incluso podían ser polícias, ladrones, detectives, piratas o cualquier cosa que no tuviera absolutamente nada que ver con su indumentaria ni sus accesorios que, por cierto, también veían como habitualmente redefiníamos sus usos y así un armario o una especie de aparador, una mesa, un banco, etc. solían transformarse en barcos o coches la mayoría de las ocasiones o bien en porterías o canastas.
Anécdotas -que hoy no vienen al caso- aparte, lo verdaderamente importante de aquellos juegos infantiles es que, casi sin saberlo, empezaba a utilizar un tablero marmóreo como mi primera pizarra de entrenador de basket. Y es que, aunque en ocasiones jugase -como pívot reboteador siempre- en el Mapfre Teruel o en el Caixa d'Italia, mi vinculación definitiva con el mundo del baloncesto se desarrollaría finalmente a través de los banquillos. Pocos entrenadores pueden presumir de un palmarés como el mío: 100% de victorias y un trofeo, comprado en un bazar local, que no recuerdo en manos de quien terminó.
Mi trayectoria como "coach" se inició en un partido que ni era amistoso ni era de competición ni creo yo que fuese un verdadero partido de basket dado que a ambos equipos nos obligaron a jugar con ¡¡un portero!! a pesar de las continuas explicaciones sobre fundamentos básicos de este maravilloso deporte que tuve ocasión de regalar a la árbitro (principal y única) del encuentro. Pues bien, ya que teníamos que jugar forzosamente con un "portero" decidí colocar en tal posición a mi jugador más alto, quien haría las veces de pívot aunque únicamente en fase defensiva, y como jugando de "portero" tenía un área de acción limitada que no le permitía salir de nuestra propia zona pues opté por armar una defensa zonal 1-3-1 dando total libertad de movimiento a mi hombre más rápido (y más bajito) y forzando al equipo rival a tener que insistir una y otra vez con un tiro exterior que rara vez se traducía en canasta. Construido el equipo desde la defensa, nuestro ataque resultaba mucho más fácil dado que nos defendían en individual, sin hacer una sola ayuda y con el hándicap de tener que parar a un chico que, gracias a su prematuro desarrollo físico, superaba en fuerza y velocidad a cualquier contrincante.
Tan amplio fue el resultado de aquel encuentro (si no me equivoco algo así como 38-5) y tan buenas las sensaciones que decidimos organizar un encuentro frente a los chicos de otro colegio que solía proclamarse (al menos en los cursos precedentes) como campeón de la mayoría de las competiciones locales intercentros. Aquel segundo partido se disputó un sábado por la mañana y nos arbirtró el señor Campaña, del colegio ... nuestro, vamos que era algo mayor que nosotros pero ibamos todos al mismo centro. La única conversación que he tenido en mi vida con este personaje tuvo lugar precisamente aquel día y consistió únicamente en dos frases: "¡¡Tiempo muerto!!", "Espérate que ya quedan sólo unos segundos para el descanso", y no me lo concedió el muy ... árbitro del partido.
Ese día sucumbí a la presión de tener que alinear durante más minutos de la cuenta a un jugador a quien, para que pudiese disputar el partido, tuvimos que dar alojamiento en casa durante todo el fin de semana (aún recuerdo la cara de asombro de mi madre al verle aparecer con su macuto), pero no cedí ante una chica que quería jugar en nuestro equipo sin haber entrenado con nosotros ni conocer siquiera alguno de nuestros sistemas. Cosas de la vida finalmente esta chica terminaría siendo jugadora profesional e internacional con la selección española ... pues yo tuve el aplomo de decirle que no, y NO es NO.
Aún sin internacionales en nuestras filas conseguimos mantener nuestra racha victoriosa y entonces lo ví claro: las retiradas tienen que producirse en el momento álgido de la carrera, a partir de ese momento sólo cabía esperar una derrota que habría de llegar antes o después ... pero en mi caso esa derrota, gracias a mi retirada, todavía no se ha producido.
Tras abandonar la práctica del baloncesto como entrenador me concentré en las otras dos facetas que me quedaban para seguir disfrutándolo: jugador de basket 2x2 y sobre todo aficionado / espectador / seguidor / forofo de uno, dos, tres, cuatro o algún que otro equipo más. El Madrid, el Real Madrid, a base de malos ratos, berrinches y sufrimientos continuos -sumados a la inestimable ayuda de Cajasur, que se bastó y se sobró para truncar los sueños de varios miles de seguidores de la mejor institución deportiva que haya tenido nunca mi ciudad- consiguió/consiguieron que me alejase un poco, madurase y pudiese volver más tarde a reincorporarme, aunque en esta segunda ocasión los culpables de mi retorno fueran el Club Baloncesto Granada, los amigos de la Plataforma Sedena, la generación del 80 y el carrusell matinal de los domingos en cierta televisión autonómica que a final de cuentas no es tan sumamente mala como aparenta.
Me gusta el baloncesto. Me gusta mucho el baloncesto y desde casi cualquier perspectiva. Sufro con el baloncesto, aunque algunas veces consiga controlarme. Y disfruto con el baloncesto: cuando gana el Madrid, cuando ganan los Lakers, cuando Magic sigue vivo casi veinte años después de anunciar su sentencia de muerte, cuando Nico Gianella puede jugar, cuando a Raúl López le salen bien las cosas, cuando pierde Unicaja, cuando gana Joan Plaza, cuando la gente reconoce a Joan Plaza, cuando gana Pepu, cuando Estudiantes vuelve a ser grande pero no puede contra el Madrid, cuando la Caja Inmaculada vuelve a estar presente, cuando recordamos que en Huesca siempre hubo magia y peñas recreativas, que en El Ferrol habitaba un señor africano que parecía de goma, que los Maristas tenían a Mike y a Ray (quien por cierto es dueño de un supermercado en Granada), cuando el Frente Nazarí ruge, cuando vuelven a la memoria el Colecor, el Aguas de Calpe o el Encartaciones Zalla de Batarrita y los hermanos Iturbe, el Doncel de Villanueva de la Serena o el Círculo de Labradores, "Cafés Mis Nietos", Cibona de Zagreb, Jugoplastika de Split, Volkov, Kurtinaitis, Sabonis, Homicius y un pívot negro que no sé quien era pero que un día me cogió en brazos para que me hicieran una foto con él ... Por cierto, yo he visto jugar en mi pueblo a un tipo al que llamaban Óscar Schmidt Becerra (militando entonces en las filas del Snaidero Caserta) ... pero todavía no sé por qué me gusta el baloncesto.
miércoles, 6 de octubre de 2010
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ostrillizos: 1-3-1
Descubrí que me gustaba demasiado el baloncesto una mañana de verano, no recuerdo qué día de la semana era (creo que lunes o martes) pero sí...
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